P.Juan Ignacio Liébana en Santos Lugares

27.10.2013 13:32

El Padre Juan Ignacio Liébana es un sacerdote de la diócesis de Bs. As. que hace unos cuatro años decidió ofrecerse para colaborar en la diócesis de Añatuya. Desde entonces es párroco de “Santos Lugares”. Esta parroquia esta a cargo de muchos parajes y capillas, entre otras del santuario de la Virgen de Huachana, uno de los santuarios más populares de Santiago del Estero. Algunos de los grupos misioneros de Bs. As. misionan en parajes de los cuales él es el párroco. Queremos brindar por medio de este testimonio la mirada de alguien que, no sólo ha formado parte de grupos misioneros, sino que ahora recibe la ayuda de ellos en su trabajo pastoral. Esto puede ayudarnos a tener una perspectiva más amplia.

P. Juani. La diócesis de Bs. As. agradece tu ejemplo y entrega y esperamos poder seguir colaborando con tu trabajo. Muchas Gracias.

Algunos aportes de los grupos misioneros a las comunidades de misión

Antes de venir como cura a la diócesis de Añatuya, tuve la hermosa experiencia de poder ir acompañando al grupo misionero de mi parroquia en Buenos 


Aires. Más allá de lo bien que m


hacía como sacerdote esos días de misión en el campo, como así también lo bien que le hacía a los misioneros del grupo, iba viendo también lo bueno que es para la gente del lugar esta presencia misionera.

Ahora como párroco de una de las tantas parroquias que reciben misioneros durante el año, doy fe de lo importante que es para la gente recibir esta visita durante el año.  Como pastor de esta comunidad que se ve enriquecida con la presencia de misioneros de Buenos Aires, descubro el gran aporte que nos hacen los grupos misioneros.

En primer lugar, el hecho de que durante el año los grupos se vayan preparando tanto espiritualmente como a nivel económico para poder venir, es algo que la gente valora un montón, ya que son muy conscientes del gran esfuerzo que realizan para poder estar  esos días entre nosotros.

Otra cosa que también valoran mucho es el salto cultural que cada misionero realiza, y el esfuerzo por adaptarse al lugar, con su clima, con las incomodidades, con las caminatas diarias para llegar a cada rincón escondido donde se encuentran las casas.

Por eso, más allá de todo lo que haga el grupo misionero acá en los parajes, lo más valioso es su sola presencia. Ese es el regalo más grande para nosotros. Ya que la presencia del misionero es sacramento de esta presencia de Jesús, que vence toda distancia, cruza toda barrera para poder hacerse uno de nosotros y sobre todo estar entre nosotros. Me parece que el principal aporte de los grupos misioneros en nuestra parroquia es la amistad y el vínculo que van generando con la gente, con las familias, con los niños, jóvenes y ancianos. El hecho de que el misionero no venga una sola vez, sino que tenga una presencia continua durante las misiones, que les recuerden sus nombres, que los visiten nuevamente en cada misión, es algo que la gente del lugar valora muchísimo.

La sola presencia del misionero, como decíamos, es sacramento de la cercanía de Dios y de su Reino. Como sacerdote, mi presencia en cada comunidad es muy limitada, a penas llego a visitar cada comunidad unas 5 o 6 veces durante el año, visitando alguna que otra familia de cada comunidad. Por eso, la presencia de los misioneros durante unos cuantos días en la misma comunidad es de gran ayuda porque al menos cada familia recibe una vez al año la visita de alguien que les habla de Dios, de alguien que los escucha, de alguien que los ayuda a levantar la mirada en medio de los quehaceres cotidianos para poner toda la vida y la de su familia en las manos providentes de Dios y de la Virgen.

Por eso, al menos esta es mi experiencia durante estos años, que los misioneros vengan con las “manos vacías”, es decir, no como Papa Noel que viene a traerles regalos y a dejarles cosas, es el mejor signo de esta primacía de la persona por sobre las cosas. Es decir, el mejor regalo que el misionero le viene a dejar a la gente es la persona de Jesús, a través de la amistad y el vínculo profundo que se va generando. Cuando empiezan a haber cosas para dejarles, creo que se distorsiona un poco este vínculo y es como que se establece una relación inmadura de dependencia y se establece un tipo de vínculo: yo soy el que te doy, vos el que recibís. En cambio, cuando no hay cosas de por medio, el vínculo se da de igual a igual: ambos damos y ambos recibimos. Al menos, esta es mi humilde y escasa experiencia.

Esta presencia del misionero ayuda a la gente a tomar conciencia de lo valiosa que es a los ojos de Dios, y de que para cada misionero son muy importantes, y, por tanto, para Dios también, ya que en cada misionero ven con claridad el rostro del Dios bueno y cercano.

Es verdad que cada actividad que el grupo propone, como así también la celebración de los sacramentos (en el caso de que vengan acompañados por un sacerdote) es de gran valor, sin embargo, no hay que pasar por alto tan rápido este primer y principal gran aporte de la presencia y del vínculo que se genera entre el misionero y la gente. Vínculo que se trata de una realidad de fe, ante todo, ya que, gracias a la fe y a Dios es que se pudieron conocer y establecer estos vínculos y nacer esta amistad. Amistad que los va a conducir necesariamente a la amistad con Jesús, fuente de toda amistad, fuente del verdadero amor. Por eso, es muy bueno que este vínculo de amistad entre el misionero y la gente de aquí sea paso a la amistad profunda con el Señor y a la comunión con sus valores, y a la vivencia de la fe en el seno de una comunidad.

Otro gran aporte de los grupos misioneros en mi parroquia es el fortalecimiento y apuntalamiento de la pastoral ordinaria que vamos llevando durante el año. Gracias a Dios, tengo la hermosa experiencia de que, desde que estoy aquí, ninguno de los grupos misioneros que pasaron vinieron a hacer la suya, sino que todos se han puesta a entera disposición de lo que se viene haciendo durante el año. Este sumarse a un camino ya transitado es algo muy bueno de los grupos que he tenido el agrado de recibir, ya que ninguno ha venido a querer imponer su estilo de misión o sus ideas pastorales, sino que han venido a ponerse al servicio de lo que se venía haciendo durante el año. Algo muy lindo fue que pudieron ponerse a tono con el camino diocesano, ya que cada parroquia no es algo aislado del resto de la diócesis y de su Pastor. Esto se expresó en el trabajo de preparación de las misiones, pudieron leer las cartas pastorales del obispo de Añatuya, trabajarlas previamente, ver cómo bajarlas en lo concreto, también han podido conocer un poco la historia de la diócesis y de la parroquia, antes de proponer algún objetivo, o realizar algún plan de misión.

También valoro mucho la mirada pastoral que los misioneros van adquiriendo con el paso de las misiones, ya que tratan de ver desde la comunidad concreta que recibe la visita y van descubriendo las necesidades pastorales desde la comunidad. Creo que esto es muy valioso, ya que las propuestas que se ofrecen a la gente van teniendo más repercusión y van respondiendo a necesidades reales que la gente del lugar pudo manifestar, contar y confiar a los misioneros.

También algo que ayuda y enriquece mucho es la hermandad que se va generando entre las comunidades, tanto de la que envía a los misioneros como de la que los recibe, y esta fraternidad amplía nuestras miradas y nos van haciendo experimentar la alegría de sentirnos Iglesia.

Algo que ayuda mucho es que gran parte del tiempo los misioneros le dedican a estar con el animador/a de la comunidad y con su catequista. Es decir, no es tiempo perdido el acompañar y fortalecer la misión del que anima durante el año la fe en cada comunidad, ya que en las misiones el animador reanima la fe, fortalece su misión para retomarla durante el año con más ganas y más compromiso. Por eso, creo que uno de los principales aportes que los grupos misioneros pueden hacer a las comunidades es dedicarles tiempo a los animadores, escucharlos, alentarlos, dejarles material sencillo para trabajar durante el año, alimentar su espiritualidad, animarlos a estar unidos, a establecer comunidades de servicio, alentando el trabajo en equipo y valorando la misión que realizan no como un privilegio que los posiciona por sobre los demás, sino como un servicio de amor a sus hermanos, en la línea evangélica de que el que quiera ser el primero se haga el último y el servidor de todos.

            Por eso, quisiera agradecerles de corazón este hermoso aporte que realizan al venir a misionar, es invalorable todo lo que realizan y todo lo que ayudan a la gente al venir para acá. Además, uno no debe perder de vista nunca de que somos sembradores de la Palabra, por tanto, nuestra tarea es la siembra, apasionada y comprometida, generosa y arriesgada, después otros tendrán la grata tarea de cosechar lo que hemos sembrado nosotros, como así también muchas veces nosotros somos cosechadores de la siembra de otros hermanos.

            Pasar por un grupo misionero es una enorme gracia que Dios les está dando y muchas veces es el primer paso de muchos otros más que irán dando en su vida. Creo que es bueno que pudieran también conocer la experiencia de algunos laicos y laicas que gracias a su paso por los grupos misioneros han descubierto la invitación de Dios de poder dedicarle más tiempo a la misión, formando equipos misioneros o comunidades de laicos misioneros en lugares de misión. Es bueno que sepan que es posible este camino vocacional, y que, a pesar de algunas dificultades, hay algunos misioneros laicos que han podido dar este paso de dedicarle un año o más de misión al Señor, sirviendo en algunas comunidades.

            Que Dios y la Virgen los bendigan y que el ejemplo de San Francisco Javier y Santa Teresita los impulse a la entrega generosa en la misión de anunciar y hacer más creíble el mensaje del Evangelio.

P.Juan Ignacio Liébana

Agosto 2012

 

 

 

 

 

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